Había una vez un lago que no sabía cómo conseguir estar en calma.
Desde fuera, parecía que todo estaba bien.
No siempre había viento, no siempre llovía, no siempre pasaban cosas.
Y aun así, su superficie rara vez se aquietaba.
Las aguas se movían en pequeños temblores constantes, como si algo en su interior no supiera detenerse.
El lago no entendía qué le ocurría.
Miraba a otros lagos, a lo lejos, y veía cómo a veces descansaban en silencio, con la superficie lisa como un espejo.
—¿Por qué yo no puedo estar en calma? —se preguntaba.
Con el tiempo, empezó a pensar que había algo mal en él.
Que tal vez nunca aprendería cómo calmar ese movimiento constante,
cómo encontrar un poco de descanso,
cómo manejar ese estado que hoy llamaríamos estrés.

Una noche, cuando todo estaba especialmente en silencio, la luna se reflejó sobre su superficie inquieta.
—No estás roto —susurró.
El lago no respondió.
Pero, por primera vez, en lugar de intentar tranquilizarse, se quedó escuchando.
—Si miras solo la superficie —continuó la luna—, parecerá que no puedes calmarte.
Pero lo que ocurre no empieza ahí.
El lago dudó.
Nunca había mirado hacia dentro. Siempre había intentado arreglar lo que se veía desde fuera.
Con suavidad, dejó de resistirse al movimiento…
y empezó a sentir.
Al principio fue incómodo.
Las aguas se agitaban, las corrientes se cruzaban.
Pero poco a poco, comenzó a notar algo más profundo.
Había movimientos antiguos.
Corrientes que no venían del presente.
Ecos de vientos que ya no estaban, pero que su cuerpo aún recordaba.
Entonces comprendió algo importante.
No era que no supiera cómo estar en calma.
Era que su agua había aprendido a moverse para protegerse.
A no quedarse quieta por si algo volvía a ocurrir.
Durante mucho tiempo, ese movimiento había sido necesario.
La luna volvió a hablar:
—No necesitas forzarte a estar en calma.
La calma llega cuando lo que se mueve puede ser escuchado.

El lago permaneció en silencio.
Por primera vez, no intentó cambiar su estado.
No intentó controlar sus aguas.
No intentó hacerlo mejor.
Solo se quedó ahí, sintiendo.
Y en ese gesto, algo empezó a transformarse.
No de golpe.
No de forma perfecta.
Pero, entre una ola y otra, comenzaron a aparecer pequeños espacios de quietud.
Instantes breves en los que la superficie descansaba.
Momentos en los que el agua no necesitaba defenderse.
El lago entendió entonces que la calma no era algo que se imponía desde fuera,
sino algo que emergía cuando su interior se sentía lo suficientemente seguro.
Y aunque sus aguas siguieron moviéndose muchas veces,
ya no lo vivía como un error.
Porque ahora sabía que, incluso en el movimiento,
había una inteligencia intentando cuidarlo.
A veces, aprender cómo manejar el estrés no consiste en calmar la superficie a toda costa, sino en escuchar lo que se mueve por dentro.
Y poco a poco, crear las condiciones para que nuestro sistema nervioso pueda sentirse más seguro.
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