Había un árbol de Navidad que cada año se tomaba su papel muy en serio. No era un árbol cualquiera. Era un árbol responsable. De esos que piensan: si voy a estar aquí, voy a hacerlo bien.  No entendía mucho de límites y autocuidado, para él lo único importante era sostener todos los adornos con elegancia y alegría. Así que cada diciembre se dejaba cubrir de luces, bolas, guirnaldas, estrellas heredadas y algún adorno misterioso que nadie sabía muy bien de dónde había salido, pero que “siempre se ha puesto”.

Al principio todo estaba más o menos equilibrado.
Pero ese año, el pequeño de los Martínez ya tenía 3 añitos, muchísima ilusión por decorar el árbol y muy poca noción del peso de las cosas.

Cada vez que alguien decía “qué bonito está el árbol”, el niño aparecía con un adorno nuevo. Uno más grande. Más colorido. Más ruidoso. A veces incluso dos a la vez.

—Aquí cabe otro —decía.

Y el árbol, que no quería decepcionar a nadie, pensaba: sí, claro que cabe. Y sostenía.

soltar en navidad

Sostenía las bolas brillantes, los adornos frágiles, los que tenían historia, los que nadie quería quitar “porque son importantes”. Sostenía también los que no combinaban, los que colgaban torcidos y los que pesaban mucho más de lo que aparentaban.

Cada adorno venía con una emoción.
Algunos daban alegría.
Otros traían nostalgia.
Otros pesaban sin hacer ruido.

El árbol notaba sus ramas cada vez más tensas, pero seguía firme. Porque la Navidad tenía que salir bien.

Hasta que, sin previo aviso, una rama se inclinó un poco. No se rompió. Solo se dobló lo suficiente para que un adorno cayera al suelo.

El árbol se quedó quieto.
Esto no debería pasar, pensó.
He fallado.

Pero nadie se enfadó. El niño miró el adorno, lo recogió y dijo:
—Este no.

Y lo colgó en la manivela de la puerta del salón

El árbol sintió algo nuevo. Ligero. Como si el aire circulara mejor entre sus ramas.

Ese año no estuvo tan cargado. No brilló menos. Simplemente, brilló distinto.

El árbol notó algo curioso: al soltar un poco de peso, podía respirar mejor. Sus ramas no estaban tan tensas. No brillaba menos. Simplemente, brillaba distinto.

Desde entonces, cada año el árbol sigue sosteniendo cosas, claro. Pero ya no todas. Ha aprendido que no todo lo que cae se rompe, y que no todo lo que se sostiene es necesario.

Y la Navidad, sorprendentemente, sigue llegando igual.

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